jueves, 1 de octubre de 2015

La vida es una novela

La vida es una novela

               

La intrigante forma de un diario personal y privado de un escritor, siempre anunciado y postergado, basta para colmar las más desmesuradas sospechas y mitologías sobre los procesos de producción literaria. En diversas entrevistas, en relatos o en fragmentos de sus novelas, Ricardo Piglia ha sabido construir, durante todos estos años, una inquietante superstición genealógica que, bajo la forma de una utopía invertida, lo tiene al autor como único protagonista. Cuando Piglia tiene deiciséis años, sus padres deciden dejar el barrio de Adrogué, donde transcurre su infancia, para mudarse a Mar del Plata. Ese relato de viaje fija el acta de nacimiento de la escritura y determina cronológicamente el relato de los comienzos. Texto secreto y umbral último de sus textos, porque es a partir de ahí donde se constituye toda la obra de Piglia, armada sobre la base de promesas futuras y relatos en espera.                                                                                               
¿Cómo inscribir la letra propia en la vorágine de palabras y recuerdos ajenos? ¿Cómo computar las huellas que la experiencia ha dejado en nuestra vida? ¿Cómo contar las escenas no dichas de nuestra historia personal? Al igual que el “Diario” de Franz Kafka o el de Cesare Pavese, cercano a los cuadernos personales de Macedonio Fernández, Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación (Buenos Aires: Anagrama, septiembre de 2015) tejen una madeja enmarañada entre el registro crónico de las experiencias, el apunte literario y el ensayo especulativo. Y, como texto híbrido, contiene historias de vida y anécdotas de gente con quien el autor ha dialogado, reflexiones, esbozos de novelas, citas leídas o robadas y máximas literarias.
 A partir de la inscripción del nombre propio de Emilio Renzi, Piglia, construye un espacio incierto, entre la verdad, la autenticidad y la ficción del registro autobiográfico. La aparición de ese verdadero alter ego del autor reduplica y bifurca la historia privada en por lo menos dos: lo que se cuenta tiene ya la forma de una ficción. Contar una vida como si se fuera un otro (un histrión o un clown que se mira en la escena de la escritura); apropiarse de una identidad literaria (Emilio Renzi) fingiendo que se miente para contar una historia de aprendizaje (en su forma clásica de la bildungsroman). O ante la seducción del falso parecido, narrar la propia vida como si fuera una novela. Una manera, si se quiere, de entregarse a la literatura para conjurar y delimitar el sentido de una experiencia.
Por momentos, en las incrustaciones temporales de los manuscritos y al modo de un prestidigitador de sueños, Renzi señala las futuras líneas de montaje (la historia de un tío relojero del barrio La Perla de Mar del Plata anuncia un relato porvenir y el asalto a un camión trasportador de caudales prepara los perfiles de los personajes de una novela en preparación; el enigma del fotógrafo de Flores que guarda una versión microscópica de una ciudad preanuncia un ensayo sobre la lectura, o el encuentro en Ambos Mundos con Steve Ratliff prefigura una autobiografía falsa; al mismo tiempo que el último discurso de Ezequiel Martinez Estrada, pronunciado en la Universidad de Bahía Blanca, ensambla, por obra de una extraña combustión alquímica, la piel agrietada y lacerada del último intelectual argentino con el destino del país); y nos hace leer al Diario siempre a destiempo: son historias pasadas-presentes que van y vienen y se despliegan como relatos en progreso.
Las secuencias espaciales, las mudanzas en el medio de la noche, las migraciones urbanas (de Adrogué a Mar del Plata, de La Plata a Buenos Aires) y los desplazamientos citadinos por bares, bibliotecas, librerías o cines, combinan la ensoñación de los filmes vistos junto a la pasión por la lectura, entre enredos amorosos y decisiones políticas. Mientras que los relatos maternos y las intrigas familiares, los ecos polémicos del sartrismo y las enseñanzas de la literatura norteamericana (William Faulkner, Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway), los padrinazgos literarios (Beatriz Guido o Haroldo Conti) junto a las amistades y afinidades electivas (Miguel Briante, Juan José Saer o Dipi Di Paola), bajo el cobijo borgeano y el encuentro arltiano, preparan, al modo de un relato de iniciación literaria, la figura de alguien que antes de ser autor quiere forjarse como escritor.              
Un plato de fideos al pesto en Pippo, después de una larga jornada itinerante entre funciones de cine, un racimo de uvas o un par mates en la soledad fría de la noche, ante una decepción amorosa o un cobro diferido. Para quien siempre ha vivido entre pasiones y ha sabido embriagarse, las carencias son sólo líneas en el camino de una historia y un destino prefijado de antemano. Escribir en pensiones, piezas de hotel o en departamentos prestados es amalgamar en el transcurso del tiempo, entre frases ajenas y elucubraciones personales, una música futura que se anuncia intermitente en los sonidos agudos de las teclas y en los ritmos acompasados de un viejo carro de una Olivetti.
En abril de 1963 y cuando solo tiene veintidós años, Piglia publica en El escarabajo de oro, la revista que por esos años dirigía Abelardo Castillo, una breve nota sobre Il mestiere di vivere de Cesare Pavese. Y, como quien consume sus días y su obra en la búsqueda infructuosa de una mujer a la que no se puede olvidar, veía, en su infranqueable soledad, la cifra de quien vive y asume una lealtad con respecto a sus propias convicciones y pensamientos. Una ética de las acciones, podríamos decir, como Marcelo Maggi, Macedonio, Luca Belladona o Thomas Munk.           
A veces, los recuerdos suelen tener  la forma de historias gemelas o mellizas; y se tiñen, como decía Georg Simmel, del color del sueño. O para decirlo de otro modo: Los diarios de Emilio Renzi o el comienzo de una ilusión.


Edgardo H. Berg 


(publicado en el Suplemento Literario de Telam, Octubre de 2015)

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