viernes, 6 de enero de 2017

Los papeles perdidos





Los papeles Perdidos


Había tomado la decisión de terminar su Diario. En un par de meses saldría su tercer volumen y estaría pronto en todas las librerías del país. Los manuscritos se los había confiado a Liliana Della Barca para que les diera el último vistazo, su mejor amiga marplatense que trabajaba ahora en el Suplemento Cultural del diario de Bartolito. Instalado ya hace dos años en Buenos Aires, ahora, sus manuscritos estaban en un mejor lugar. Cerca de su biblioteca personal y encintados en cajas numeradas, los había trasladado en su estudio de la calle Montevideo al 400.[1] Durante años, habían estado celosamente custodiados en la Biblioteca Central de la Universidad de Princeton. Por esos años y cuando todavía dictaba clases en el Departamento de Lenguas Modernas, se sentía vigilado y, a menudo, soñaba, con una voz nocturna que lo amenazaba enviándole mensajes privados en su casilla de correo. Temía que sus cuadernos se extraviaran y desconfiaba de un joven investigador sanjuanino que estaba haciendo sus estudios de postgrado en la misma Universidad, donde semestralmente impartía sus seminarios de Literatura Latinoamericana. En el año 2005, lo había agraviado con su ensayo Falsificaciones. La cita apócrifa como acto criminal. “Hay que leer libros, no los autores”, respondía a sus colegas del Departamento de Lenguas para encubrir el temor paranoico que le producía los comentarios despiadados y juveniles de Valentín Paulo Irarrazábal, una suerte de alter ego perfecto del autor pero ideológicamente invertido.
“Volví. Fue una decisión meditada. A ver si me pasaba como en el relato de Cortázar y me desplomaba sobre una isla desierta”; ironizaba ante sus amigos, mientras en el living miraban a su Boquita (“Ya no tiene al último lector, al último estratega, pero el Guille como buen discípulo del pelado está rearmando los peones sobre el rectángulo y ahora con esfuerzo vendrán los éxitos postreros”, decía con implacable énfasis).                                                                                                               
A media luz y con la televisión todavía prendida, recordaba a Césare Pavese, mientras pensaba en Wittgenstein. “Hay una verdadera ética de las acciones en su obra”. Una vida entera dedicada a la literatura. Hay que saber desdoblarse y escribir un libro autobiográfico en tercera persona. Apropiarse de otra identidad y convertirse en un clown para transmitir toda esa pasión. Una vida hecha de citas, como quien dice”. 
Los encuentros y conversaciones interminables sobre literatura en el café Ópera o en Babieca, cerca del Ateneo, ya eran historias personales que sucedían en otra parte. Durante estos últimos meses, casi no hablaba y muy esporádicamente frecuentaba a sus amigos. Le gustaba su nuevo aire de invisibilidad y esa suerte de exilio interior que había asumido. El exceso de exposición en los medios masivos lo habían lacerado hasta los tuétanos y sentía las huellas en su cuerpo. Las presentaciones, los viajes, las secuencias literarias en TV por suerte, ya habían cesado. Esconderse y solo revisar el Diario; corregir los papeles. Ya casi no pensaba. Ahora tomaba decisiones como si el pensamiento y los hechos fueran la misma cosa. “Escribir sin mediaciones, como una música pura lanzada en el transcurso del tiempo. Contar una historia personal cifrada en sentencias, esquemas y relatos nítidos. Eso es un verdadero Diario. El manual de un estratega en el combate de la vida”, afirmaba con insistencia. Frente a los intereses y prejuicios idiotas del medio intelectual local, había construido, durante todos estos años piadosos, un fino y delicado acueducto subterráneo y sólo aquellos que naden contra la corriente podrán flotar sobre los flujos cristalinos de esa lengua materna.
“Todas las historias se enhebran con nuestra propia vida”, pensó en soledad. Había comprendido que esa historia era suya y que con un solo gesto definiría su destino.
Ahora y en el medio de una noche larga, se filtraba sobre la ventana del living del décimo piso un aire húmedo y con olor a tierra mojada. Casi sin darse cuenta y como un ramalazo repentino del azar, recordó alarmado que le habían quedado una serie de cuadernos sin descifrar (12PCM era la nomenclatura de la caja encintada en su cuarto y que encubría el relato de un viejo ardor juvenil). Era demasiado tarde, ya había tomado la decisión de publicar sus apuntes privados y la Editorial, como de costumbre, lo apremiaba.
El zumbido de una música conocida y familiar no lo dejaban dormir. No era una pesadilla, sino el repiqueteo de los dedos sobre una vieja tela entintada y los ritmos acompasados sobre un carro que desacomodaban la tranquilidad silenciosa del anochecer. Las primeras exploraciones, los primeros hallazgos, las historias gemelas titilando; todavía, tan nítidas como un blanco lunar. Sus ojos parpadeaban tímidamente y, bajo la tenue luz de la lámpara encendida, revisaba la última hoja de su cuaderno de tapas azules. Una línea de montaje olvidada en el recuento de una vida. Una ilusión perdida en los oleajes de la historia perpetua de Pablo Fontán.
Ahora, el recuerdo comienza a desvanecerse y la fascinación por esas notas vírgenes se diluye, como se pierde la pasión del primer beso, después de haberse iniciado el fuego.
Los platos coloreados con un rojo intenso de salsa fileto sobre la pileta, dos o tres vasos con restos de ron todavía sin lavar y la puerta de servicio que se abre. Acelerado por salir a tiempo, había forzado el picaporte equivocado. Por suerte y antes de cualquier exposición o tímida flaqueza, ya estaba en la vereda. Perturbado por el sudor, doblaba trotando sobre la esquina de Scalabrini Ortiz. El chillido nocturno de voces y ruidos mecánicos lo acompañan en su marcha y, al mismo tiempo, lo confundían. Debía volver. Había regresado sólo por un mes. Tenía que preparar su informe final para el Departamento de Lenguas Modernas. “La cita errónea”, pensó Valentín. 

Edgardo H. Berg





[1] En las siglas de los manuscritos EME aparecen en los facsímiles 10, 103, 207, 203, 175. En el facsímil 103 se hace alusión a una visita de EME y en el 207 el narrador va a visitar o proyecta visitar a EME. En el 203 hay un personaje, un tal  Muzzio que es parte de la novela de Steve (novela inconclusa) y en el 175 EME viaja a Buenos Aires.

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